Nos gusta tener el control sobre nuestras vidas.
Hacemos planes, reflexionamos, elegimos con intención.
Incluso cuando se trata del amor.
Pero a veces sucede algo que queda fuera de todo eso.
Un encuentro. Una mirada.
Una sensación que no esperabas — y que ni siquiera querías.
No es lógica. No es práctica. Y desde luego, no es planeada.
Y aun así, está ahí.
Hace poco leí un poema que lo decía de forma preciosa:
"Wild sings the bird of the heart in the forests of our lives."
Salvaje canta el pájaro del corazón en los bosques de nuestras vidas.
Y pensé: justo de eso se trata.
El deseo a veces llega como un pájaro que canta —
sin avisar, en un momento inesperado.
No porque busquemos algo, sino porque algo nos encuentra.
Puede ser un olor. Un recuerdo.
Un pensamiento que vuelve una y otra vez,
sin una razón clara.
A veces lo llamamos amor. A veces deseo.
Y a veces, ni siquiera sabemos qué es.
Sea lo que sea, no tiene nada que ver con la lógica.
Nada que ver con la razón ni con el momento.
No es una elección.
Y no pide una solución.
Lo único que pide
es que reconozcamos su existencia.
Como un eco en el bosque.
O un rosal que de pronto florece —
justo en el rincón que habíamos pasado por alto.
Quizás esa sea la única forma real de amor: la inesperada.
La indomable.
El pájaro que canta.
“Wild, wild” – Mary Oliver
De la colección Devotions