A veces, una sola línea de poesía basta para abrir algo dentro de ti — un suave recordatorio de lo que realmente importa.
Siempre pensé que la poesía no era para mí. Demasiado abstracta, demasiado densa, demasiado difícil.
Hasta que empecé a leer. Al principio solo citas, frases que veía en Pinterest o en algún libro. Y de repente lo noté: algunas frases se quedan. Algunas palabras despiertan algo.
Descubrí que no se trata de entender con la cabeza, sino de sentir con el corazón. Que no importa conocer todo el contexto — si una frase entra como verdad, eso basta.
Leí a Rumi, Mary Oliver, Wallace Stevens, Hafiz. Nombres que antes quizá me pasaban desapercibidos, pero que ahora sentía cercanos. A veces místicos, a veces terrenales, a veces juguetones, pero siempre certeros.
No textos elevados, sino palabras que capturan la luz. O el aliento. O el anhelo.
“Dime, ¿qué planeas hacer / con tu única y salvaje y preciosa vida?” – Mary Oliver
Esa frase.
La he releído tantas veces. Aparece cuando me siento perdida. Cuando me alejo de mí misma.
Me recuerda: esta es tu vida. Puedes vivirla a tu manera. Salvaje, suave, honesta, curiosa.
La poesía no es un lujo. No es literatura lejana.
Para mí, es una llave. Una invitación. Un susurro.
A veces empiezo el día con unas líneas de un poemario. A veces leo una cita en la playa, junto a mi café. A veces es solo una palabra que sigue resonando.
No uso Pinterest para guardar imágenes bonitas, sino para encontrar resonancia. Palabras o imágenes que tocan algo en mí. A veces no sé por qué, y no importa. Lo que resuena tiene su propia lógica. Y a veces crea el puente hacia la creatividad. Hacia la escritura. Hacia algo que quiere salir.
La poesía no abre un mundo externo. Abre el mundo que ya estaba dentro de mí.
Y quizás eso es lo que deseo para los demás. No que les guste la poesía, sino que encuentren frases que los devuelvan a casa. A su manera. A su ritmo.