El barco turístico ha pasado de nuevo. Hacia las nueve menos cuarto se dirige a Calella, cada día con el mismo ritmo: el comienzo de un día de turistas. Para mí también es una especie de reloj. Cuando lo veo, sé que normalmente sería el momento de volver a casa para empezar a trabajar. Pero hoy me quedo un poco más en la playa.
Dicto un poco más en mi teléfono —una historia, quizá un blog— hasta que la pantalla se vuelve difícil de ver y el teléfono se calienta. Hora de dejarlo enfriar. Y de enfriarme yo también. Me lanzo al agua. Luego camino hasta el chiringuito, mi sitio habitual. Pido un café con leche y un bocadillo de tortilla. Cuando termino el bocadillo, la terraza ya está llena de gente. Demasiado bullicio para seguir dictando. Saco mi cuaderno. Y pido otro café.
Muchos turistas ya están con la cerveza antes de las doce. Algunos incluso con cócteles. Observo y escribo. En mi tercer verano aquí, empiezo a conocer un poco a la gente del chiringuito. Ya no me responden en inglés cuando hago el pedido educadamente en español.
El chico del chiringuito me ve pasar cada mañana. El otro día tomé un café antes de empezar a trabajar. Charlamos un rato. Me preguntó a qué me dedicaba, si no era solitario —trabajar siempre sola, siempre dentro de casa. Me reí. “¿Siempre dentro?” le contesté. Él me guiñó un ojo.
«No, tú no. Tú disfrutas.
Tú tienes una vida bonita.»
Y sí, es verdad.